Háblame de la emigración

Rosa nació en una parroquia a diez kilómetros de Santiago, y allí conoció a Andrés, su marido, con quien emigró a Brasil cuando contaba solo 19 años. Ella, tan joven, no tenía intención de emigrar, pero decidió irse con su marido, ya que en Brasil tenía una cuñada que pudo reclamarlos para estar en el país.

El matrimonio empezó en mayo todas las gestiones necesarias para el viaje: un certificado de buena conducta, el visado, certificado sanitario… y en diciembre, con un pasaje en parte subvencionado por Acción Católica, embarcaron en el puerto de A Coruña en el Monte Umbe, un barco bilbaíno en el que, casualmente, regresarían a España años después desde Uruguay. La travesía, que duró quince días, fue un viaje duro donde Rosa se enfermó de neumonía.

Al llegar a Brasil, en enero, el marido de Rosa empezó a trabajar de aprendiz de carpintero en el municipio de Santos. Allí le fue muy bien, ya que el maestro era un conocido de la misma parroquia de él, y desde el principio recibió un salario. A los tres meses, ya ganaba como un carpintero en España. Ella, mientras se recuperaba de la neumonía, contactó con una gallega que le enseñó el oficio de pantalonera, un trabajo muy esclavo que la mantenía ocupada día y noche. Posteriormente, a través de su cuñada, consiguió otro empleo, mejor remunerado y con mejores condiciones, en una fábrica de conservas de atún y sardinas.

El matrimonio residió en Santos durante dos años y medio, un lugar maravilloso que Rosa recuerda con mucho cariño, con una enorme playa, campo y paseo marítimo. Allí tenían trabajo y estaban asentados, pero el clima local les causaba ciertos problemas. Fue este el motivo que los llevó a Uruguay, donde Andrés tenía otro hermano residiendo. En un principio fueron como turistas, pero una vez allí arreglaron los papeles para quedarse a trabajar en el país.

El marido de Rosa pronto consiguió empleo como carpintero, y ella estuvo durante cuatro meses cuidando a unos hijos de emigrantes españoles. Con ansias de mejorar, Rosa solicitó empleo en el laboratorio de perfumería Andre Latour, de dueño español. Allí trabajó hasta 1966, año en el que volvieron a España con la idea de irse para Francia, donde residían otros tres hermanos de Andrés.

Aunque en América del Sur ambos tenían buenas condiciones, el valor de la moneda era muy bajo. Además, Rosa estaba embarazada de su primera hija, y quería dar a luz en España. Dos meses después de nacer su hija, su marido se marchaba para Francia, donde residió él sólo durante nueve meses, trabajando como carpintero. Al cabo de este tiempo, Rosa dejó a su hija con sus suegros y cuñados y se marchó para Rodez, junto a su marido, donde se empleó como dependienta en una panadería. Cuando Rosa quedó de nuevo embarazada, decidió buscar a su hija mayor, que tenía entonces un año y medio, y volver a Francia, donde nació su segundo hijo en 1969. Seis años después, en 1975, el matrimonio volvió para Galicia debido a los estudios de los niños ya que, al no estar ellos nacionalizados en el país, los niños no tenían los mismos derechos que el resto.

Rosa siempre estuvo muy contenta en los tres países, sobre todo en Francia, donde se adaptó muy bien. Al cabo de dos meses hablaba perfectamente francés, y allí tenía un buen empleo: por la mañana trabajaba como dependienta, y por la tarde paseaba a los niños de los jefes y a los suyos. Su marido también se adaptaba perfectamente a la ciudad, aunque, al trabajar rodeado de españoles, hablaba menos francés.

Al volver a Galicia, Rosa añoraba Rodez y le resultó muy difícil adaptarse de nuevo a España. Tras quince años en el extranjero, se sintió más emigrante al volver a su tierra que cuando se marchó a otros países. Durante un año se dedicó a su casa y a sus hijos, y después comenzó a trabajar como asistenta en una casa, en donde estuvo durante treinta y un años. Sus hijos también sufrieron el cambio: Su hijo, que tenía entonces 6 años, no sabía español, y al principio quería volver a Francia. La niña, sin embargo, se adaptó rápidamente.

Después de treinta y tres años, Rosa y Andrés volvieron a Francia en un viaje muy triste, pues la mayoría de la gente que conocían ya había fallecido. Tras su experiencia migratoria, Rosa opina que posiblemente repetiría, aunque «en cada país dejas un poquito de tu vida, sentimientos y personas amigas».

Celebrando el año nuevo con amigos emigrantes
Boda de una cuñada que estaba en Suíza
En Brasil con su marido
Con su cuñada e hijos
En Francia con sus cuñados e hijos
Su hija en el primer colegio en el que fue en Francia
Su hijo de cuatro años con sus compañeros de colegio y la profesora
Con un matrimonio portugués
En Montevideo con unos familiares