Háblame de la emigración

José decidió irse a Cataluña a los 17 años –todavía conserva el salvoconducto emitido por la Guarda Civil por ser menor de edad–. Tomó la decisión porque ya su familia había emigrado antes, tanto tíos, como abuelos, como sus propios padres. Antes de marcharse vivía con estos últimos y tres hermanos y se encargaba de cuidar las vacas, una vida que apenas le ofrecía recursos económicos, por eso también se animó a coger las maletas.

Al principio pensaba en emigrar a Andalucía, a Sevilla, por una simple admiración al equipo de fútbol de esa ciudad, pero finalmente se decantó por Barcelona, donde ya su padre había estado trabajando. Se fue un viernes por la tarde, en el Changai, y llegó un domingo a las 12.00 de la mañana. Lo primero que le sorprendió de la gran urbe fueron los taxis amarillos y también el Arco del Triunfo, en la aldea no existían esa clase de cosas.

Recuerda al llegar estar en la Plaça del Pi, en el corazón de Barcelona, y empezar a llorar al acordarse de su abuela. La guardia de asalto le vio tan desamparado que se compadeció, llevándolo a una especie de convento que acogía a niños y jóvenes. Allí le contrataron para dar de comer a los animales, cuidar la granja en general, ayudar en la cocina y hacer recados, por lo que le pagaban 50 pesetas; uno de los recados consistía en pasar por diferentes hoteles de la zona en un triciclo con motor recogiendo entre 30 y 40 Kg. de sobras de comida para llevar a los cerdos.

Luego de un tiempo, le sugirieron aprender el oficio de cocinero y lo mandaron a un colegio de jesuitas. Allí se encargaba de las compras, además de irse formando en la cocina. Llegado un punto, llevaba la misma vida que los propios curas jesuitas que residían en el colegio, e incluso empezó a estudiar bachillerato en el Instituto de Manresa, donde la congregación tenía una casa. Compaginaba estudios y su trabajo habitual.Tras cinco años y con la reválida ya aprobada empezó Magisterio. Para ello hizo un trato con el Colegio La Salle, que tenía un centro de caballeros en Cambrills, consistía en seguir allí con sus tareas en la granja y como ayudante de cocina a cambio de alojamiento y de estudios gratuitos. Durante esa fase también trabajaba de noche en un restaurante de playa como camarero. Recuerda en aquel tiempo la noticia de la llegada del hombre a la luna.

Cuando terminó la carrera tuvo que hacer otra vez la reválida de bachiller, esta vez por la iglesia, y para ello tenía que desplazarse a Barcelona, y luego se presentó a otra reválida para tener el título oficial de Magisterio. Poco tiempo después, aparcó sus estudios y embarcó como camarero en la compañía transmediterránea que hacía la ruta Barcelona-Canarias y Barcelona-Mallorca.

Con motivo de una enfermedad decidió volver a casa, pero ya recuperado se embarcó de nuevo, esta vez más lejos, rumbo a Holanda. Era una etapa en que mucha gente se iba a los Países Bajos en busca de empleo, así que él también se decidió. Una vez allí enseguida encontró trabajo en una fábrica de tejas. Vivía en un barracón de la empresa, allí comía y dormía. A partir de su experiencia como cocinero, era él quien se encargaba de preparar el menú para él y otro compañero, y así iba a medias en los gastos. Vivía atado a la fábrica ya que hacía muchas horas extra, pero a final de mes se sacaba un buen sueldo.

Durante aquella fase consiguió contactar con la embajada de España en Ámsterdam y el cónsul le propuso ser intérprete en la Agregaduría Laboral, pero como le pagaban poco, decidió seguir trabajando en la empresa de tejas porque estaba bien considerado y tenía un buen sueldo.

Con el paso del tiempo, a los treinta y mucho, decidió volver a España para formar una familia. Aquí empezó a trabajar como profesor contratado solo durante el curso, al acabar se quedaba sin sueldo y sin seguro. En aquel entonces conoció a la que sería su mujer, se casaron, compraron un piso y tuvieron dos hijos. A nivel laboral siguió dando clases, pero particulares, mientras no se convocaban oposiciones. Cuando se presentó por primera vez a ellas suspendió, así que al año siguiente decidió centrarse y dedicarle todo el tiempo, de forma que aprobó, convirtiéndose por fin en funcionario.

En resumen, José cuenta que aunque vivió situaciones duras, pasando hambre y ganas de dormir, siente que nunca tuvo grandes problemas ni allá ni aquí. «Cada sitio tiene su encanto, ya que en todas partes siempre hay quien te quiera, en unos más que en otros, pero eso ocurre con todo».