Háblame de la emigración

Pilar nació en A Coruña en el seno de una familia acomodada; era la tercera de siete hermanos y estudió el bachillerato elemental en un colegio de religiosas y, al terminar, tuvo la oportunidad de estudiar y trabajar haciendo prácticas en el hospital del doctor Larrea hasta los dieciocho años.

Después de una serie de contratiempos económicos de su padre, la situación familiar dio un giro que influyó negativamente. La imposibilidad de costear los estudios de los siete hijos obligó a la madre a tomar la determinación de «todos o ninguno». El sueldo de Pilar, de quinientas pesetas, no le permitía costear los estudios porque entregaba en casa la mitad. Al ver que, pese a esta colaboración económica continuaba siendo una carga, tras mucha reflexión, tomó la decisión de irse a Francia, ya que conocía a muchas personas que habían ido y contaban que se ganaba más dinero.

En aquella época, la mayoría de edad se conseguía a los veintiún años, por lo que Pilar, que aún tenía dieciocho, necesitaba una autorización paterna tanto para irse como para abrir una cuenta bancaria. Su padre, que era una persona con una mentalidad abierta y adelantada a su tiempo, pensó de primeras que estaba bromeando, pero cuando vio que se trataba de algo meditado tan solo puso como condición que el país de destino fuese Alemania, ya que en Francia «había mucho libertinaje y en Alemania son muy respetuosos con las mujeres». Pilar sabía que había razón en aquellas palabras porque su propia abuela era alemana.

En las oficinas de emigración, Pilar figuraba como estudiante y le buscaron una residencia y un contrato en una fábrica del sector textil de hilaturas a la que llegó sin ningún conocimiento del idioma, pese a todo no tuvo ninguna dificultad, fue recibida por un intérprete que le explicó las tareas que tenía encomendadas. Cada persona tenía a su cargo una máquina con 12, 14 o 16 bolillos y había que controlar permanentemente su buen funcionamiento.

El intérprete le preguntó si se veía capacitada y le hicieron una prueba para comprobar que todo marchaba de modo óptimo. Compartía la habitación de la residencia en la que vivía con dos chicas españolas con las que enseguida tuvo muy buena relación. Tenían una profesora de español que, además, también les iba enseñando algo de alemán. Pronto encontró amistades alemanas que le sirvieron para poder profundizar en el aprendizaje del idioma teutón.

El contacto con la familia era siempre por carta, al poco de irse escribía a casa una vez al mes y, así como iba pasando el tiempo, con mucha menos frecuencia. Fue en Alemania que Pilar comenzó a ser consciente del valor del dinero; enviaba a casa cincuenta marcos (alrededor de unas 8.500 pesetas al cambio) que, para la época, era una cantidad importante. Aunque antes de que terminase el primer año tuvo que dedicar aquellos recursos a sus propios gastos.

Después de un año, ya con diecinueve, cambió de ciudad, sin salir de Alemania, hacia una localidad más grande, con más centros comerciales donde podría ganar más dinero. En ese momento, aun siendo menor de edad, ya no necesitó el permiso paterno para el traslado. Ya dominaba, en ese momento, el alemán, algo de griego y en la nueva ciudad aprendió italiano.

Después de la mudanza empezó a trabajar en una fábrica con un puesto con bastante responsabilidad, ya que debía comprobar que las tulipas de los coches no tuviesen defectos. Aunque el trabajo le gustaba y estaba muy centrada en el, antes de que acabase el primer año, decidió irse a una nueva villa, Viernheim, en el consulado de Frankfurt, gracias a una oferta de trabajo que encontró una de sus compañeras.

Cuando llegaron al destino no encontraban la dirección en la que debían presentarse, pero enseguida recibieron la atenta ayuda de un chico andaluz que salió de una cafetería para indicarles donde estaba. Encontraron habitación en casa de un señor mayor, chatarrero de profesión, que no reunía las condiciones mínimas. Podían cocinar en una habitación contigua a la suya y para ir al baño debían ir hasta un patio en la planta baja, por lo que decidieron comprar un barreño para poder bañarse. En la nueva fábrica había un departamento de enfermería donde le ofrecieron quedarse en cuanto vieron la formación que figuraba en su currículum, sin embargo ella dijo que prefería otro tipo de tareas. De esa tercera etapa en la emigración lo mejor fue la situación económica y sin duda lo peor fueron las condiciones de aquella vivienda que habían encontrado.

Después de unos meses fue conociendo al amable chico andaluz que las había ayudado en su llegada y empezó una relación con el hasta que, siguiendo el consejo de su padre «no mires su posición social, sino que sea un hombre honrado y trabajador», Pilar tuvo propuestas de matrimonio hasta el mismo día de la boda, pero las rechazó todas.

En el año 73, transcurridos once desde que había tomado la decisión de irse de A Coruña, y después de dedicar buena parte de aquel tiempo a la familia y a la crianza de los hijos, Alemania empezó a sufrir una crisis económica que tuvo como consecuencia el rechazo de los extranjeros por la escasez de puestos de trabajo. En cuanto la empresa le dio la opción de volver a España para la apertura de una nueva fábrica en Cataluña, decidieron aprovechar la oportunidad. Hoy en día Pilar percibe una pensión vitalicia de Alemania porque sus hijos nacieron y se criaron allí.

Pilar nunca se arrepintió de su paso por la emigración, el tiempo que allí estuvo fue muy grato y en él tuvo muy buena relación con los alemanes, tanto es así que aún a día de hoy mantiene el contacto con muchas de las personas que conoció durante aquellos años.