Háblame de la emigración

Juan Filgueiras nació en Mugardos en 1935, esa villa medieval que surge al amparo de la Casa de Andrade y que se desarrolla mirando al mar. En el seno de una familia de pescadores, humilde y con escasos recursos, Juan marchaba cada mañana al astillero de Bazán para ganar un sueldo y practicar un oficio. Su día a día lo pasaba en una lancha, en los talleres del naval y en comedores que distaban mucho de la comodidad de su casa. El sueldo no cubría siquiera estos gastos, por lo que Juan, inquieto, audaz y con ganas de aprender decidió estudiar bachillerato por libre, con la idea de superarse y avanzar.
Un día, a través de un amigo, se le presentó la oportunidad de marcharse a Suiza, un lugar avanzado en el corazón de Europa, y en 1960 dio el salto a la ciudad de Ginebra. Inicialmente hospedado en casa del primo de un amigo, y con un mapa en una mano y un diccionario de francés en la otra, recorrió la gran urbe a la espera de encontrar un trabajo que le permitiese disfrutar de una vida digna. Al poco tiempo consiguió empleo en una fábrica de relojes especializada en el diseño y la creación de esferas. En aquel momento sus conocimientos de francés eran escasos, lo cual limitaba el desarrollo y buen desempeño de sus tareas en la fábrica, hasta que un día, a través de un compañero andaluz, recibió la noticia de que iba a ser despedido por no atender las indicaciones de sus superiores.
En ese momento, decidió no dejar pasar ni un día más para aprender el idioma y salvar su puesto. Después de pasar largas horas en las sesiones continuas de los cines para escuchar la fonética francesa y de practicar continuadamente la gramática, logró su objetivo. Fue entonces cuando aprendió a la perfección el oficio de galvanoplasta y cuando sus relaciones laborales se vieron reforzadas, contando con el reconocimiento y amabilidad de sus jefes que decidieron, poco a poco, ir aumentándole el sueldo. Pasados unos meses, la empresa de Juan comenzó a dar pérdidas y decidió cerrar; la dirección le solicitó que pilotase el cierre y posteriormente lo empleó en otro lugar.
Integrado ya laboralmente en Suiza, Juan pasaba su poco tiempo libre en el Centro Español de Ginebra, rodeado de otros emigrantes con los que creó fuertes lazos de amistad. Los contactos con su familia, sin embargo, eran pocos y siempre por carta. Pero un buen día estableció una especial relación epistolar con una joven de su pueblo, comenzando así un romántico noviazgo a distancia. Finalmente, en 1964, volvió a España para casarse y regresó a Suiza con un contrato de trabajo para su esposa, facilitado por su propia fábrica. A pesar de que ella estaba excelentemente valorada en su empresa y el sueldo era digno, no conseguía integrarse, echaba de menos a su familia, su pueblo y el mar, motivo por el cual decidieron retornar a Galicia en 1968.
Una vez instalado en Galicia, en 1971 Juan se reintegró en el astillero en el que había comenzado un día su trayectoria profesional, pero por diversas cirscunstancias volvió a marcharse a Londres a trabajar con la gran meta e ilusión de aprender otro idioma. Una vez en Londres acabó empleado en un hotel donde la comunidad hispana era mayoritaria, viendo así frustrado su intento de practicar inglés, por lo que tres meses después, regresó a Ferrol y se reintegró nuevamente en Bazán y se estabilizó hasta su jubilación en el astillero ferrolano.
Hoy, Juan Filgueiras continúa siendo esa persona inquieta, audaz y con ganas de saber, dedica una gran parte de su tiempo a compartir su experiencia con jóvenes que también desean aprender.