Háblame de la emigración

Con tan solo 29 años Carmen ya cargaba tras de sí una vida complicada y ocho hijos, ese fue el momento en que decidió proponerle a su esposo la emigración como una alternativa. En primer lugar él se fue a Francia, en el año 65, para trabajar como temporero entre los meses de mayo y octubre en las minas de talco de Toulouse. Allí estuvo hasta su vuelta en 1969. Pero ese regreso duró poco ya que, ese mismo año, tras informarse de las buenas condiciones salariales que ofrecía Holanda volvió a tomar rumbo hacia el exterior. Unos meses más tarde, con la década de los 70 recién inaugurada, Carmen siguió sus pasos.

La llegada a los Países Bajos, lugar en el que estuvo casi un lustro, fue sencilla gracias a la buena acogida, sin embargo, la ausencia de los niños, que debieron quedarse al cuidado de unos tíos de ella que no tenían descendencia, siempre le pesó. Una vez llegaron fueron a vivir a casa de una señora por la que siempre se sintieron bien tratados, lo que facilitó las cosas. Sin Con tan solo 29 años Carmen ya cargaba tras de sí una vida complicada y ocho hijos, ese fue el momento en que decidió proponerle a su esposo la emigración como una alternativa. En primer lugar él se fue a Francia, en el año 65, para trabajar como temporero entre los meses de mayo y octubre en las minas de talco de Toulouse. Allí estuvo hasta su vuelta en 1969. Pero ese regreso duró poco ya que, ese mismo año, tras informarse de las buenas condiciones salariales que ofrecía Holanda volvió a tomar rumbo hacia el exterior. Unos meses más tarde, con la década de los 70 recién inaugurada, Carmen siguió sus pasos.

La llegada a los Países Bajos, lugar en el que estuvo casi un lustro, fue sencilla gracias a la buena acogida, sin embargo, la ausencia de los niños, que debieron quedarse al cuidado de unos tíos de ella que no tenían descendencia, siempre le pesó. Una vez llegaron fueron a vivir a casa de una señora por la que siempre se sintieron bien tratados, lo que facilitó las cosas. Sin Con tan solo 29 años Carmen ya cargaba tras de sí una vida complicada y ocho hijos, ese fue el momento en que decidió proponerle a su esposo la emigración como una alternativa. En primer lugar él se fue a Francia, en el año 65, para trabajar como temporero entre los meses de mayo y octubre en las minas de talco de Toulouse. Allí estuvo hasta su vuelta en 1969. Pero ese regreso duró poco ya que, ese mismo año, tras informarse de las buenas condiciones salariales que ofrecía Holanda volvió a tomar rumbo hacia el exterior. Unos meses más tarde, con la década de los 70 recién inaugurada, Carmen siguió sus pasos.

La llegada a los Países Bajos, lugar en el que estuvo casi un lustro, fue sencilla gracias a la buena acogida, sin embargo, la ausencia de los niños, que debieron quedarse al cuidado de unos tíos de ella que no tenían descendencia, siempre le pesó. Una vez llegaron fueron a vivir a casa de una señora por la que siempre se sintieron bien tratados, lo que facilitó las cosas. Sin duda, lo más complejo de aquel primer contacto de Carmen con la emigración fue el idioma, pese a todo, gracias a su perseverancia y a las ganas de salir adelante, la ayudaron a aprenderlo rápidamente. Porque Carmen aprovechaba cualquier oportunidad para asimilar el neerlandés, de modo que ya el mismo día en que llegó aprendió a contar hasta diez mientras observaba a unos niños jugar a la comba. El matrimonio accedió a la factoría de Firestone donde Carmen estaba destinada en la unidad de fabricación de ruedas de bicicleta mientras que él estaba en la sección de ruedas de avión.

Cuando decidieron volver a España a su esposo le diagnosticaron una enfermedad por la cual le concedieron una incapacidad laboral, regresaron a Holanda acompañados de uno de sus hijos durante unos meses para tramitar la solicitud de pensión, fueron unas últimas semanas en la diáspora, ya en el año 74, en los que trabajó en una lavandería y como planchadora.

En el mes de noviembre del 75, aprovechó un viaje a Madrid, a donde debían acudir para asistir a una boda, para formarse como examinadora de autoescuela y sacarse el título correspondiente. Consiguió un nuevo empleo en la capital, hacia donde debió mudarse en el año 76 junto a su marido y los más pequeños de los niños, porque los mayores ya cursaban estudios universitarios en León y Santiago de Compostela. En esta época inició los trámites de separación y, a pesar de las dificultades de la época para este tipo de cuestiones, consiguió el divorcio y, finalmente, se trasladó a Lugo.

La vida de Carmen es un ejemplo de esfuerzo y perseverancia en la que su mayor orgullo ha sido poder sacar adelante a sus nueve hijos, de los cuales muchos de ellos tuvieron la oportunidad de ir a la Universidad.