Háblame de la emigración

Emilio terminó sus estudios de electricista y enseguida encontró aquí un trabajo por el que le pagaban 400 pesetas a la semana, pero como era muy poco dinero para las horas que dedicaba, empezó a plantearse la posibilidad de emigrar y mejorar su calidad de vida. Se animó a tomar esta decisión a través de unos tíos suyos que estaban fuera, en Inglaterra. Desde allá le enviaron directamente a casa un contrato de trabajo en hostelería, en un bar-restaurante, así que hizo las maletas y se fue. Al llegar estuvo tres meses empleado en ese local, pero lo dejó porque terminaba su jornada laboral muy tarde y debía coger un taxi a diario para volver a casa, lo que le salía demasiado caro. Se fue a una oficina de empleo y consiguió un nuevo trabajo, también en hostelería, esta vez en el Hotel Hilton donde permaneció durante un año, primero en Servicio de Habitaciones y a los tres meses en Restaurante. En este puesto ganaba más de propinas que de sueldo. Tras todo ese tiempo en el país consiguió entenderse en inglés, aunque no niega que le fue complicado, pero una vez aprendido no se le olvida más, aún a día de hoy puede seguir sin problemas una conversación.

A mediados de 1971 regresó a España para hacer el Servicio Militar y al terminarlo se casó. Vivieron durante un par de años en Monforte de Lemos, trabajando con la familia, pero decidió emprender de nuevo rumbo a otro lugar para mejorar económicamente. En esta ocasión el destino elegido fue Venezuela.

Se animó a cruzar el charco a través de la visita de unos tíos de su esposa que estaban allá trabajando. Ellos les convencieron de irse porque tenían una empresa y podían emplear a Emilio directamente, y así fue. El 12 de octubre del 74 se fueron en un Boing 747 a Caracas, y de ahí a Maracaibo. En tres días Emilio ya estaba trabajando en la empresa propiedad del tío, que se destinaba a la venta de bombonas de gas. Durante los primeros cinco meses de estancia se alojaron en casa de la familia, mientras no encontraban un sitio adecuado para ellos. Permaneció durante tres años en la empresa, pero luego decidió buscar otro trabajo porque no tenía forma de promocionar.

En 1977 comenzó como representante de ventas de la empresa de cosméticos Wella, donde estuvo durante trece años y cuatro meses. Con este nuevo empleo consiguió triplicar sus ganancias y un año más tarde, a finales del 78, compró su primera vivienda. Las cosas iban bien, así que al año siguiente, en 1979, vinieron por primera vez de visita a España y trajeron con ellos a su hijo, nacido el año anterior.

El matrimonio tuvo dos hijos: Emilio José, el mayor, y Daniel, nacido en el año 82. Ambos regresaron a España antes que sus padres. Desde el año 80 tenían cada vez más relación con los parientes en Monforte debido a que ya viajaban anualmente a casa.

En 1985 su esposa comenzó a trabajar. Seis años después, en 1991, él decidió aventurarse en un nuevo negocio y dejar su trabajo en Wella, porque con las ganancias de ella tenían las necesidades cubiertas y podía arriesgar. Entró en la venta de calzado y le salió bien, cuadriplicó sus ingresos.

Fuera del trabajo su vida transcurría con normalidad, estaban integrados en la vida social, aunque fundamentalmente las personas con las que trataban eran también gallegas y gallegos emigrados, algunos familiares y amigos con los que quedaban asiduamente en el Centro Gallego de Maracaibo.

Con sus familias en Galicia se relacionaban a través de llamadas telefónicas. Al principio no eran muy habituales porque su madre aún no tenía teléfono en casa y tenían que llamar primero a una vecina que le avisaba y luego volver a llamar para hablar con ella, así que se hacía un poco complicado.

Finalmente, Emilio y su esposa decidieron regresar a Monforte en el año 2009. Vendieron sus propiedades en Maracaibo y volvieron para disfrutar por fin del merecido descanso.

Fue muy feliz en Maracaibo. Guarda muy buenos recuerdos en general y, sobre todo, grandes momentos familiares. Al fin y al cabo, construyó en esa ciudad una parte muy importante de su vida.