Háblame de la emigración

En 1963 Ana trabajaba en Monforte cosiendo pantalones, le pagaban 50 pesetas por unidad y solo lograba hacer uno al día. Gracias a un familiar que vivía en Suiza pudo mejorar su situación económica, ya que le envió un contrato de un año para trabajar en un hotel. Su trabajo consistía en cuidar a las hijas de los dueños a la vez que debía mantener limpias las habitaciones donde vivía la familia. Cuando llegaba la hora de acostar a las niñas debía hacer la colada de la ropa blanca del hotel, lo que incluía lavar y planchar las sábanas, manteles, servilletas…
El idioma lo aprendió del mejor modo posible, jugando. Parte del tiempo que pasaba con las pequeñas lo dedicaba a entretenerlas jugando a ser profesoras, de modo que la mayor de las hermanas, que tenía cuatro años, hacía de maestra de Ana y de la hermana pequeña. La dinámica exigía que repitiesen una y otra vez series de palabras hasta que las dos las pronunciasen de modo correcto.
Ganaba 150 francos al mes con la comida y dormía en el hotel.
Una vez hubo terminado aquel primer año de contrato buscó un sueldo mayor en una fábrica de relojería. Allí dormía de alquiler en un cuarto que le descontaban del sueldo. Se pagaba en períodos de quince días y compartía las instalaciones de la fábrica con chicas de otros países, todas emigrantes.
En 1965 se casó con el primo que le había enviado su primer contrato en el país alpino con quien también compartía trabajo en la misma fábrica. Ese mismo año tuvieron su primer hijo. En el pueblo en el que vivían no había guarderías por lo que el pequeño Eloy tuvo que establecerse en España desde los nueve meses hasta los cinco años, con los padres de Ana. El hecho de que su hijo viviese en España motivó que en aquel momento las visitas del matrimonio fuesen frecuentes, pero cuando el niño llegó a los cinco años, edad en que podían escolarizarlo, decidieron llevárselo con ellos a aquel mismo pueblo que los había recibido y en el que mantuvieron el trabajo hasta el año 72. Fue en ese momento que decidieron mudarse hacia un lugar que contase con un colegio español para su hijo.
El tiempo libre en Suiza transcurría en compañía de familiares y amigos, ya que el marido de Ana tenía en Suiza a sus hermanos y a muchos otros familiares. Los fines de semana los pasaban en el lago o en la nieve junto con sus familiares o con amigos suizos. En esa fase las visitas a España se espaciaron en el tiempo, de modo que lo habitual era que solo visitasen la casa familiar en época de verano. Así fue hasta 1977, cuando decidieron regresar de modo permanente. En primer lugar para que su hijo no perdiese sus raíces, ya que sabían que si continuaban allí, el pequeño no querría regresar a España más adelante y, sobre todo, por los padres de Ana, que vivían solos sin nadie que los cuidase.
El regreso no fue fácil, en cierto modo, como dice Ana «les pesó el regreso», se sintieron extranjeros en su propia tierra, más que en el momento en que emigraron. Allí había trabajo y una burocracia sencilla que facilitaba el acceso al mercado laboral y a todos los servicios, mientras que aquí se encontraron con muchas dificultades, desde arreglar los papeles para poder trabajar hasta la escolarización del niño. En Suiza, con un idioma diferente, nunca les había costado encontrar empleo, mientras que aquí se sintieron desorientados en muchas ocasiones.

Ana en Suíza en el año 1963