Háblame de la emigración

María Currais Tuñas nació en Zas (Negreira) el 18 de julio de 1943. Tenía cuatro hermanos por parte de su padre, Manuel Currais, agricultor de profesión, su madre, Marcelina Tuñas Porto era costurera. María pasó su infancia en esta parroquia de Negreira acudiendo a la escuela en la que cursó hasta primaria.

Aunque en su familia ya había precedentes en la emigración, ya que su padre emigrara a Cuba, en María despierta el deseo de emigrar cuando e enamora de un emigrado. Después de casarse con él y obtener el permiso de su madre, decide hacer las maletas e marchar a Venezuela junto a su marido en el 1964. Es así como embarca en A Coruña en el “Begoña” rumbo a Venezuela, llegando al puerto de La Guaira 14 días después, concretamente el 17 de diciembre.

Después de su llegada, María estuvo junto a su marido varios días en Maracay y San Cristóbal hasta que se asentaron en el Estado Aragua. Poco a poco se fué adaptando a la vida en Venezuela, al mismo tiempo que inicia su trayectoria profesional ayudando en la fábrica de zapatos de su marido. Dos años después, y tras nacer su primera hija, la familia se muda a Caracas y compra un hospedaje, en el que María trabajaba al mismo tiempo que cuidaba a sus hijos, mientras su marido tenía un estacionamiento de coches. Tras retornar y pasar seis meses en Galicia, María y su familia vuelven a Caracas donde compran otra pensión, en la que María trabajará durante casi 30 años hasta que regresa a Galicia.

En Venezuela María mantenía contacto frecuente con su familia a través de cartas, además viajaba practicamente cada cuatro años a Galicia. Mantenía también el vínculo con las tradiciones de su tierra, acudiendo casi todos los fines de semana a la Hermandad Gallega, donde gozaba de su tiempo libre celebrando festividades de Galicia, y también bailando y comiendo comidas gallegas tan típicas como el pulpo o el caldo.

María sempre tuvo en mente la idea de retornar, pero con el paso del tiempo fué atrasando su retorno: «Cuando los hijos terminasen la primaria, después la secundaria, después el bachillerato». Finalmente propiciaría su retorno en 1993 el empeoramento de la situación en Venezuela, aunque lo que realmente motivó la vuelta de María fué la decisión de sus dos hijos de establecerse en Galicia en 1991. En esta situación y ante la opinión de su marido, deseoso de volver, María coge de nuevo la maleta para emprender su aventura una vez más en Galicia. Tras pasar unas semanas en Negreira, el matrimonio decide establecerse definitivamente en Santiago. En estos momentos María contaba con tan solo 50 años y aunque había decidido no trabajar, finalmente estuvo durante cuatro o cinco años al cargo de la venta directa de productos de estanco. La adaptación de nuevo a la vida aquí fué más dificultosa para ella, pues en sus propias palabras: «Aquellas amigas que son amigas tuyas después de treinta años hablan un idioma totalmente diferente al tuyo, al estar tanto tiempo fuera las cosas que aquí son importantes o que eran importantes para la gente de aquí para mi ya no eran tan importantes, y las que eran importantes para mi los demás no las entendían”. Con todo, conseguiría salir de la situación de depresión en que se encontraba coa ayuda de sus hijos, por eso su hijo la animaba diciéndole: «Mamá te has pasado treinta años de tu vida en Venezuela pensando en Galicia, ¿te vas a pasar el resto de tu vida en España pensando en Venezuela? Céntrate y acuérdate que es una decisión que tomaste, tienes que adaptarte».

Pese a todo, María tiene una visión positiva de la emigración, pués asegura que en sus años emigrados fué muy feliz, y los retornados contribuyeron a la mejora de la situación da Galicia de aquellas épocas. Precisamente por los recuerdos que la emigración dejó en su mente, considera que la emigración actual debe recibir la misma acogida y el mismo trato que se les ofreció a ellos en el momento en que decidieron emigrar.