Háblame de la emigración

Nilo es de Lalín. Al terminar el servicio militar, animado por su hermana y en aquel momento su novia María, hoy su mujer, decide marchar a Bilbao en busca de trabajo. Comenzó como empleado en un almacén y al cabo de dos meses se cambió a la construcción, donde pasó a cobrar 1.200 pesetas a la semana. Al poco tiempo formó un equipo de trabajo con otros cuatro compañeros para hacer obras a destajo con la empresa Sabino Echeverría Euva. En ocho años habían levantado cuarenta y ocho edificios en el Polígono Blanco de Fadura, en Algorta.

Aparte de lo profesional, su vida personal en Bilbao era muy agradable, tenían muchas amistades. La gente vasca es muy acogedora, nos cuenta, sobre todo para aquellas personas cumplidoras con el trabajo. En aquellos tiempos acogían a gente de toda España, era una zona industrial y, por tanto, había mucha inmigración española, de Galicia, Extremadura, Castilla…

Los fines de semana se juntaban cinco o seis familias e iban a comer a lugares de ocio donde había parrillas enormes para asar –la buena fama de la gastronomía vasca era evidente–. Nilo comenta que notó una gran diferencia en el uso de lo público en Euskadi con relación a aquí. Allá toda la gente tenía mucha conciencia en el cuidado del entorno.

También notaba una conciencia solidaria en la defensa del trabajo. En una ocasión, allá por el 1975, había estado todo el sector de la construcción cuarenta y dos días de huelga reivindicando un aumento de salario y, pese a la dura represión policial del momento –habían llegado a desalojarles de una iglesia donde se refugiaban, rompiendo los cristales con botes de humo–, se mantuvieron firmes hasta que consiguieron el aumento que pedían y cobrar todos los días que había durado la huelga.

En el verano de 1981, influido por la familia que estaba en Galicia y ante el ambiente de inseguridad en las calles por el terrorismo, decidieron volver, estableciéndose en Santiago de Compostela hasta el día de hoy. En Bilbao dejaron muchas amistades y una vida desahogada económicamente que no encontrarían en Galicia. Nilo siguió trabajando en la construcción con menor salario al principio, pero nueve años antes de jubilarse pasó a ser reconocido y asumió la responsabilidad de encargado de obras, lo que se tradujo en una subida ventajosa.