Háblame de la emigración

En 1965, al poco tiempo de casarse y por necesidades económicas, Celestino se marcha a trabajar a Romanshorn (Suiza) a una fundición de hierro después de que su cuñado, que ya estaba allí, le consiguiese un contrato.

Al principio el trabajo era muy duro, pues tenía que recoger el hierro en medio de la nieve para llevar a la fundición. Después de hablar con el capataz y mostrarle como tenía las manos, le pasaron a una máquina dentro de la fundición, tarea con la que ya cobraba 3 francos la hora. Después de un año volvió a Galicia y con aquel dinero ahorrado pudo construir un cobertizo en la casa de los suegros para guardar la herramienta y el carro.

En 1967 y, viendo que aquí no había trabajo, volvió de nuevo y consiguió un contrato para trabajar en una pescadería en la misma ciudad donde había estado antes, Romanshorn. Nunca había trabajado con el pescado, pero no le daba miedo. En un principio eran siete trabajadores –cuatro italianos, un portugués y dos gallegos– que cortaban y limpiaban el pescado. Al poco tiempo lo hicieron responsable del transporte de la mercancía.

Ya en 1972 se vino junto a él su mujer a trabajar en una fábrica de calzado, dejando a sus hijas al cuidado de los abuelos, pero tan solo pudo estar durante cinco años al enfermar su madre, lo que la obligó a volver.

Celestino, por su parte, ya con un trabajo bien remunerado y siendo muy reconocido por su esfuerzo, siguió trabajando con la misma ilusión del primer día. Se levantaba todos los días a las seis de la mañana, trabajaba incluso en el fin de semana si era necesario, repartiendo pescado o preparando los camiones para la semana. Tenía muchos clientes españoles, los centros gallegos eran unos de ellos y le llevaba todo tipo de pescados y mariscos cada fin de semana, que era cuando se servían en ellos más de trescientas comidas. Otros clientes, como los alemanes, cuenta Celestino que enloquecían por los boquerones.

Estuvo muy a gusto durante los años que duró la experiencia de la emigración. El jefe tenía toda la confianza depositada en él, incluso le confiaba la llave de la caja fuerte de la pescadería; y en el día a día le pasaban muchas anécdotas que hacían el trabajo más llevadero. En una ocasión habían venido a comprar 20.000 kilos de pescado a Muxía y los vendedores le habían añadido un 30 % de agua para incrementar el peso.

Aparte del trabajo, tenía una vida social activa, se relacionaba bien con los suizos, pero también con mucha gente gallega, de A Baña, de O Páramo, Ponteceso, Viveiro, de A Serra de Outes... Al principio le había costado defenderse con un nuevo idioma, pero al poco tiempo ya se entendía con el alemán y con el italiano. Volvía cada año a Santiago de Compostela, quince días por las Navidades y otros quince en el mes de agosto para estar con la familia.

Regresa ya de forma definitiva a Galicia en el año 2002, pero se sentía raro, se dio cuenta de que las costumbres eran muy diferentes allí. Hoy sigue siendo un hombre muy trabajador, no deja de ir a la aldea todos los martes, aunque le resulta triste que por allí ya casi no queda nadie.