Háblame de la emigración

La emigración de Rosa, con 30 años, fue tardía comparada con la de muchos de sus coetáneos que cogieron los caminos de Europa, ya que lo habitual era marchar a edades mucho más tempranas. En aquel momento, Rosa tenía varias amigas trabajando en Suiza, y en una ocasión en que una de ellas vino de visita a Pontedeume, le trajo un contrato de trabajo para un hotel en Berna. Así fue como decidió emigrar, con la motivación de ampliar horizontes y conocer otros lugares, pero fundamentalmente por motivos económicos, en la procura de nuevas oportunidades.
El viaje a Suiza fue en taxi junto con su amiga, un matrimonio de Betanzos y otra chica que no conocía, Paquita, que llevaba unas maletas llenas de carne de cerdo. En Berna, Rosa vivía en el mismo hotel donde trabajaba, situado en un lugar hermoso, en plena naturaleza. Recuerda como le llamaba la atención la limpieza y el orden de los suizos en el funcionamiento de las instituciones y de las empresas. Durante esta etapa en Berna, Rosa fue muy feliz, le gustaba mucho el lugar y, sobre todo, poder disfrutar de su libertad.
Al año siguiente, fueron también para Suiza su hermana y su cuñado. Siete años más tarde, su hermana tomó la decisión de regresar a España y eso motivó que a ella le entrasen dudas de si regresar también, pero una amiga le comentó que para poder cobrar alguna pensión en el futuro tenía que estar un mínimo de diez años trabajando y cotizando en Suiza. Así pues, como solo le faltaban dos años más para conseguirla, decidió quedarse en el país, y se mudó con esta amiga para Ginebra.
En la nueva ciudad comenzó a trabajar en un hotel donde solo estuvo un mes, porque el ambiente que había no le gustaba. Pero, su mayor problema era que no encontraba vivienda, por lo que al principio residía en la casa de su amiga. Poco después, encontró trabajo como costurera, y durante ese tiempo vivió en la casa de la señora para la que trabajaba. Rosa estaba desesperada porque no quería continuar viviendo así, y decidió que era mejor regresar a España que estar en esas circunstancias. Cuando ya había tomado la determinación de volver, un amigo de su jefa le buscó un apartamento, y después encontró un nuevo empleo en la maternidad de un hospital, donde trabajó hasta su jubilación
Rosa comenta que la gente en Suiza siempre fue muy acogedora y amable con ella, y que los gallegos estaban bien valorados en el trabajo. En lo referente al idioma, poco a poco lo fue aprendiendo de oído, y consiguió entenderlo y hablarlo. Durante los años que estuvo en la emigración, mantenía la comunicación con la familia a través de carta y teléfono, y todos los veranos venía de vacaciones a Pontedeume.
Valorando su experiencia, Rosa comenta que no dudaría volver a Suiza, ya que allí aprendió muchas cosas de la vida y fue feliz. Aunque en un principio iba con recelo debido a la educación que había recibido en Pontedeume, la emigración le permitió superar sus miedos y crecer como persona. Además, allí pudo hacer su vida y ahorrar para poder regresar a España con unas buenas condiciones.

En 1981 con sus compañeros de trabajo en Suiza
En 1989 con sus compañeras de trabajo