Háblame de la emigración

Dorinda nació en Sober (Lugo) en 1946. Con tan solo 17 años, al fallecer su padre, decidió emprender el camino de la emigración, ya que en Sober no podía labrarse un futuro.
En Vigo, en el Instituto de Emigración, la informaron de puestos de trabajo vacantes en distintos puntos de Europa. Finalmente se decantó por Suiza, a donde se marchó en 1964, en un viaje en tren desde Monforte que duró tres días. Con la gestión hecha desde aquí, Dorinda marchaba con un contrato de trabajo para la empresa de relojes Rolex en Ginebra. Su trabajo consistía en pulir piedras preciosas.
En un principio, Dorinda vivía en una residencia para mujeres que le facilitaba la propia empresa, compartiendo habitación, cocina y otros servicios comunes con varias personas. Para comunicarse y desenvolverse en la vida diaria, se vio obligada a estudiar idiomas: En un primer momento se inició con el italiano, que le resultaba más próximo al gallego y al español, y después aprendió francés con la ayuda de una compañera y con el apoyo de clases particulares. Las clases le costaban 7 francos la hora, y ella cobraba 2 francos la hora.
Durante siete años trabajó en la fábrica de Rolex, y posteriormente se cambió para un almacén de ropa, donde empezó como dependienta y después ascendió a encargada Dorinda comenta como allí juzgaban a los empleados por su capacidad para el trabajo y no por sus estudios. Su último empleo fue como ama de llaves.
Según Dorinda, la sociedad suiza era muy educada, pero con cierta reticencia hacia los emigrantes. Aunque se adaptó muy bien, añoraba mucho la familia, con quien se comunicaba por carta mensualmente. En Suiza hizo su vida, se casó y tuvo un hijo.
En 2000, Dorinda regresó sola a Galicia para cuidar de su madre enferma, dejando allí a su marido y a su hijo. Tiempo después, su marido vino para instalarse aquí definitivamente, pero su hijo y sus nietos residen en Suiza, a donde viajan con frecuencia para visitarlos.