Háblame de la emigración

Margarita vivía en Vigo con sus padres y sus dos hermanos. Uno de sus abuelos regentaba en Ourense un bar y arreglaba los documentos de los emigrantes que se iban a América, que eran muchos en aquella época. Su padre, que tenía negocios, decidió marcharse a Venezuela en 1955 para probar mejor suerte, y un año después, una vez que su padre se instaló en el país, el resto de la familia emigró también para reunirse todos en Venezuela.

Con 7 años, Margarita partió con destino a Caracas en el transatlántico El Antilles, en una travesía que duró veinte días. Allí estudió en el colegio San José de Cluni, donde la mayoría de niños también eran emigrantes. Margarita recuerda Caracas como una ciudad enorme, mucho más moderna que cualquier ciudad gallega de la época, y con unos majestuosos Carnavales.

Un año más tarde, con solo 8 años, Margarita y sus hermanos regresaron solos en un vuelo vía Madrid, y después en tren hasta O Porriño. A ella la ingresaron en un internado dirigido por unas monjas francesas, y sus hermanos vivían con otros familiares. A pesar de que los hermanos se reunían periódicamente, ella añoraba mucho la vida familiar. Margarita recibía cartas semanales de sus padres, y ella también les escribía, pero todas las cartas pasaban la revisión y censura por parte de los dirigentes del internado.

Margarita se diferenciaba de los demás niños y niñas por los juguetes que le enviaban sus padres desde Venezuela, cosas que en aquella época no había en España. Sin embargo, no podía disfrutar del cariño de su familia.

El padre de Margarita montó en Venezuela varios negocios, pero la situación del país se volvió inestable y decidió regresar. La familia al completo se reunió de nuevo en 1963, cuando ella tenía 15 años de edad. La emigración, cuenta, fue un episodio muy importante de su infancia.

Margarita en Caracas