Háblame de la emigración

Juan, el menor de los varones de seis hermanos, nació en Ponte Vargas, Ourense, en la frontera con Portugal. Su padre murió cuando él contaba apenas con doce años, así que siempre tuvo que buscarse la vida por su cuenta. Con dieciocho años emigró a Alemania con un contrato para trabajar durante un año en una fábrica de muebles en Hannover. Su madre y sus hermanos sabían que no iba a tener problema para desenvolverse en cualquier circunstancia.
Una vez instalado en el país decidió quedarse más tiempo pues las oportunidades de trabajo eran muchas. Estuvo unos meses en una empresa de conservas, y después se marchó a Dusseldorf, en Renania, a trabajar en las minas de carbón de Gelsenkirchen. En su día esta región formó parte de una de las cuencas mineras más importantes en el proceso de industrialización de Europa y fue especialmente activa durante el III Reich. La central de carbón cuenta con las chimeneas más altas de Alemania, a trescientos dos metros del suelo.
Juan vivía en una residencia con otros emigrantes gallegos compartiendo una habitación para tres, y relata una experiencia profesional y vivencial extraordinaria. Aprendió a hablar alemán con rapidez, aún recuerda mucho vocabulario con facilidad, y estableció una estrecha relación con la familia del encargado de la mina y con un compañero alemán que tenía dos hijos gemelos con los que pasaba mucho tiempo.
El trabajo en la mina era duro, y el sueldo no estaba mal. Él cubría el turno de noche, entraba a las 22.00 h., y era habitual que las jornadas se prolongasen hasta el mediodía del día siguiente. Juan recuerda perfectamente el ambiente de la mina, los vagones de carga, los raíles, las diez plantas de galerías.... En la última, donde estuvo, había diez quilómetros de distancia, que tanto personas como mercadorías recorrían en vagones. Había ascensores independientes para los obreros, para el carbón, y para los accidentados, y tenían que tocar la campana cada vez que subían en el ascensor de la mina para avisar que estaban en uso. Los accidentes eran habituales: nada más llegar hubo uno con cinco muertos, pero Juan nunca tuvo miedo, quizás por su juventud. Iban con filtros de oxígeno de dos horas de duración, con la cantimplora llena de té, y con una lámpara que iba hasta el casco. Se organizaban en cuadrillas en que había españoles, griegos, italianos, turcos, alemanes...
Juan guarda muchos recuerdos del ambiente social de Düsseldorf, de las calles y del tranvía que recorría la ciudad. Y comenta con una sonrisa que siempre vestía de una manera muy formal, con traje, abrigo y sombrero, pues era la costumbre en esa época. Durante los casi cinco años que estivo en Alemania solo regresó a España en una ocasión, pero ni la distancia de la familia ni la adaptación le supuso ninguna dificultad. Retornó con casi veintitrés años y se encontró con la obligación de cumplir el servicio militar en Melilla.
Todas estas experiencias fueron convirtiendo a Juan, a pesar de su juventud, en un trabajador experimentado y adaptable a muchos contornos industriales. En su retorno ejerció como peón de albañilería en la empresa hidráulica de Frieiras, cerca de su aldea natal en Ourense; en una fábrica de plásticos, donde ganó mucho dinero pero no tenía estabilidad; y después en el grupo Álvarez, en Vigo, donde por su profesionalidad ascendió rápidamente de peón a jefe de cuadrilla, hasta ser nombrado en un breve espacio de tiempo encargado de fábrica. Fue en esta empresa donde desarrolló su carrera profesional hasta su prejubilación a los cincuenta y cinco años, en 1998.
Juan cuenta con orgullo que, al igual que muchos de su generación, no tuvo la posibilidad de desarrollar una carrera profesional con estudios, pero luchó y trabajó mucho para que sus cuatro hijos los tuvieran, consciente de las oportunidades que dan.

Con su cuadrilla en Gelsenkirchen
Con su ropa de minero
En Alemania
Carnet de conducir
Anverso del carnet de conducir
Con sus hijos mellizos