Háblame de la emigración

Constante, que nació en Pontevedra, conocía la emigración interior antes de irse a Bélgica ya que trabajaba como vigilante en las minas de hierro de San Miguel, en Ponferrada, donde vivía con Rosa, su esposa, que era natural de Bembibre (León).

Aunque se sentía a gusto, a comienzos del 63, cuando su primer hijo tenía solo cinco meses, la familia lo animó a partir hacia Bélgica para conseguir mejores condiciones laborales. En aquel momento había muchos gallegos por toda Europa. Los hermanos de su mujer se habían asentado en Alemania, de modo que conocía de forma directa lo que era la experiencia de partir. Su primera oportunidad fue de nuevo como vigilante en las minas de hulla, cerca de la ciudad de Charleroi en la región de Valonia. Lo destinaron a la sección de conservación, en la que debía controlar que todo estuviese bajo control mediante rondas para la seguridad de la mina y sus trabajadores a lo largo de una jornada de ocho horas. La idea de Constante, que se fue con el contrato asegurado, era ver como iban las cosas y llevarse con él a su mujer y al niño en cuanto tuviese ocasión.

Empezó viviendo con varios compañeros en una pensión en Charleroi, la mayor ciudad de la región, pero ya en los primeros meses logró traer a su familia, por lo que se mudaron a un pequeño piso. Tuvieron que endeudar para poder acceder a la vivienda de alquiler. En apenas dos meses, y gracias a una admirable gestión del ahorro, sorprendieron a sus caseros cancelando aquella obligación económica que habían adquirido. En Bélgica pasaron tan solo un año, a Rosa non le gustaba nada que su marido trabajase en la mina, la posibilidad de cambiar de profesión había sido uno de los motivos por los que lo había animado a emigrar.

Esta opción llegó a través de la hermana de Rosa, que vivía en Hagen, en el oeste de Alemania, donde Constante entró en una fábrica de Cristal, Kim Glass, en la que tuvo que aprender el oficio de peón desde cero. Enseguida ascendió de categoría y consiguió trabajar en el turno de noche, lo que le permitía compatibilizar el horario con su mujer, que había empezado a trabajar en un hospital, y así atender a los niños. Además del primogénito que había nacido en España, mientras estuvieron en Hagen tuvieron otro niño y una niña muy seguidos, a lo que había que sumar un sobrino de la edad del mayor. Su casa pasó en poco tiempo a estar llena de criaturas, por lo que la conciliación era un tema fundamental. Por ello, en el momento en que la empresa cristalera anunció que pretendían reducir el horario únicamente al diurno, decidió irse a una fábrica del sector textil, donde ya trabajaba el hermano de Rosa lo que le permitía mantener su turno de noche.

Sus jornadas eran ahora menos duras, acostumbrado a la actividad con materiales como el hierro, la hulla o el cristal, la vigilancia del proceso de producción y el control de la maquinaria de hilado de telas y ovillos le resultaba más llevadera. También aquí, como le había ocurrido en Kim Glass, había muchos trabajadores españoles e italianos. Sin embargo, la familia estableció una buena amistad con unos vecinos alemanes que los ayudaron en todo lo que necesitaron, desde los trámites hasta darles ropa.

En su estancia en la ciudad alemana se sintieron muy cómodos, tenían todos los servicios a mano y las condiciones laborales eran mejores que las de Bélgica, por lo que guardan un gran recuerdo del tiempo que pasaron allí. Fueron cinco años en total, en los que vinieron en dos ocasiones a España a visitar a la familia aprovechando las vacaciones.

Aunque Rosa estaba muy bien valorada en el hospital donde trabajaba, el cambio en las condiciones de Constante, que no veía muy seguro su puesto, hizo que decidieran retornar en el año 69. Rosa tenía un pariente que trabajaba como redactor en el Faro de Vigo y que se encargó de buscarle cursos de especialización. Gracias a los conocimientos que adquirió en electricidad pudo formar parte de la plantilla de Crolls mientras Rosa cuidaba de los tres niños en la casa paterna en Bembibre (León). Pronto pudo traer a la familia a la ciudad en que nacieron sus dos hijos pequeños y donde, aunque vivieron unos años en Pontevedra, se asentaron definitivamente en su vivienda junto al cine Plata.

Constante nunca volvió a Bélgica ni a Alemania, pero si recibió la visita de los sobrinos de sus amigos alemanes, prueba de la magnífica relación que habían establecido.