Háblame de la emigración

Isabel tenía 25 años cuando emigró a Venezuela, en 1949. Los años posteriores a la segunda guerra mundial fue una época de grandes carencias. Isabel y su esposo tenían a su primer hijo recién nacido. Primero emigró su marido, que salió de Canarias en un viaje clandestino en barco de vela. El barco no tenía bien registrada la propiedad, de lo que se derivaron problemas legales en una escala en Dakar (Senegal). Para poder continuar viaje en otro velero hasta Venezuela, él tuvo que vender sus efectos personales. Un año y medio después embarcó ella con su hijo; la travesía duró treinta días. En Caracas nacieron sus siguientes hijos. Relata Isabel que buscó empleo para contribuir con sus ingresos a la economía familiar y lo mucho que debió trabajar, ocupándose, además, de los hijos y las tareas domésticas.

Isabel había estudiado secretariado, pero, como la mayoría de las mujeres de la época, no había trabajado nunca fuera de casa, pues a su padre no le parecía bien que las mujeres trabajasen fuera del entorno familiar y no se lo permitía. Por ello, aunque había sido una hábil mecanógrafa, no había practicado mucho en los últimos años. Cuando, ya en Caracas, le hicieron una prueba en una empresa constructora no les pareció lo suficientemente rápida con la máquina de escribir, pero la contrataron como telefonista. Con el tiempo, trabajó como secretaria para grandes compañías americanas, entre otras la Chrysler y el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas.

Su marido era contable y trabajaba también para grandes compañías, viajaba mucho y cambiaba con mucha frecuencia de empresa. En los veinte años que estuvieron en Caracas, precisa Isabel que su marido estuvo empleado en 21 compañías distintas. Estos continuos cambios de empresa del esposo requerían de ella mayor dedicación a los niños, por lo que para ella aquellos fueron años duros procurando mantener la estabilidad en su profesión y en su familia.

En 1969, a los veinte años de estar en Venezuela, a su marido le ofrecieron empleo en una compañía radicada en Canadá. Como en la anterior situación migratoria, el marido de Isabel se adelantó en su partida al nuevo lugar de destino, viajando posteriormente Isabel con sus hijos.

En Canadá, ella aprendió francés. Consiguió un trabajo como correctora de pruebas en un departamento de Naciones Unidas en el que necesitaban a una persona de lengua española con conocimiento profundo del francés. Su trabajo consistía en chequear las traducciones en el proceso de edición para evitar errores en la publicación. Desempeñó esta función para Naciones Unidas durante dieciocho años, hasta que se jubiló con 62 en 1988.

Tras su jubilación no regresó inmediatamente a España. Durante varios años residió en diferentes países de América Latina: Argentina, Perú, Ecuador, Brasil, Uruguay...También en Filipinas, Australia, Singapur y China (Beijing).

A sus 92 años es una incansable viajera. No reside definitivamente en Galicia. Después de sesenta y siete años fuera de su país, sigue pasando largas temporadas —casi medio año—, fuera de España. Desde 2016, durante la época de clima más suave en Canadá, aprovecha para pasar tiempo con sus hijos que residen allí. Permanece en Vigo de diciembre a mayo, aproximadamente; de junio a noviembre está fuera de Galicia. Este año aprovechará el mes de junio para viajar con una amiga a Japón.