Háblame de la emigración

A comienzos de los años setenta, con veintidós años, Edelmira emprendió camino a la Suiza alemana dejando aquí un bebé de tres meses. Se marchó en avión con un contrato de trabajo y sin saber para donde iban, ya que por aquel entonces no tenían mapas. Cuando llegaron, se encontraron con todo nevado y Edelmira llevaba unos zapatos de charol.
A su llegada los esperaba un autobús que los iba dejando en diferentes hoteles. Cuando llegaron al suyo fueron recibidos por el dueño, que les explicó dónde estaban sus habitaciones, la hora de las comidas, etc. Edelmira cuenta como, en un primer momento, pensó que estaba en un club de alterne.
El primer día cenaron salchichas y fondue, algo que nunca antes habían comido, y como anécdota cuenta la enorme puntualidad de la gente: la hora del almuerzo era a las 6:30 h y el primero día, que llegaron a las 6:35 h, les dijeron que si volvían a llegar a esa hora no almorzaban.
De diciembre a junio permanecieron en aquel hotel, allí vivían y trabajaban sin poder hacer otra cosa, ya que estaba en el medio de la montaña. Durante sus vacaciones vinieron de visita durante un mes, pero tenían ganas de volver a Suiza porque allí ganaban bastante dinero. En el tren de vuelta, un señor muy amable les contó que en Ginebra se cobraba más y les explicó cómo tenían que hacer para solicitar trabajo allí. En octubre se marcharon para Ginebra y este señor los acogió en su casa. Al día siguiente ya estaba trabajando, pero sin papeles, y estuvo así hasta enero, escapando de los controles y haciéndose pasar por otra persona para evitar problemas.
A los tres años pudo llevar a su hijo, y tuvieron allí al segundo. El pequeño sigue aún en Suiza, y el mayor ya volvió.
Edelmira guarda muy buenos recuerdos de su experiencia en Suiza. Si tuviese que volver a hacerlo ahora, lo haría de nuevo sin dudarlo. Para ella, lo único triste fue no poder tener a su hijo durante los primeros años. Durante ese tiempo iba a los parques donde había niños de la edad de su hijo, y nunca fue a ninguna fiesta hasta que su hijo fue con ellos.
En sus días libres cogían el autobús y recorrían Suiza, que la conocen por completo. Además, habla perfectamente francés. Como anécdota cuenta que un día su jefa la mandó a buscar manzanas y ella fue repitiendo la frase en francés hasta la tienda para acordarse, pero la entendió mal y pensó que las manzanas se las iba a dar al gato.
De su vida en Suiza recuerda el asombro que le causó ver el agua corriente, ya que aquí había que ir a buscarla a la fuente; y que los niños y los mayores no se cuidaban en la casa, sino que iban a la guardería y a la residencia. Además, también estaban las grandes oportunidades que había en el país, ya que dejabas un trabajo y al día siguiente ya tenías otro.

Paseo por los jardines
Bautizo del hijo