Háblame de la emigración

Mi abuela María decidió emigrar en 1959, con veinte años, al quedar embarazada y sola. El padre no se hizo cargo del niño, y en esa época, en una aldea pequeña en la que todo el mundo se conocía, ser madre soltera estaba mal visto. En un principio tenía en mente marchar a Venezuela, pero al cerrarse la inmigración en el país, tuvo que cambiar de destino.

Tres años después se marchó para Brasil, dejando el pequeño al cuidado de los abuelos. Allí tuvo diferentes empleos y fue procurando siempre una mejora en las condiciones de trabajo. Se empleó como dependienta, asistenta en la embajada de Perú o encargada en las labores del hogar. El país sudamericano le brindó una buena acogida y su experiencia en lo profesional fue satisfactoria. Hizo buenas amistades con una chica de Pontevedra y allí conoció a su marido, mi abuelo, también emigrante pontevedrés.

Mi abuela se puso enferma y el clima tropical no le ayudaba a mejorar su situación. Además, llevaba mal tener a su hijo lejos, así que, tras cinco años en el país, regresaron a España. Después emprendieron de nuevo rumbo a la emigración, a Francia, llevando esta vez a su hijo. Allí la abuela consiguió un empleo en el CNRS (Instituto de Genética Molecular), y tiempo después nació mi padre en París.

María, mi abuela, relata su experiencia en la emigración como dura al principio, ya que dejaba la familia y a su hijo atrás. Aún se entristece al recordar el motivo de su marcha, pero está satisfecha de haberlo hecho, pues le fue bien económicamente y le sirvió para conocer a su marido.