Háblame de la emigración

Decidí hacer mi trabajo sobre un hermano de mi bisabuelo, llamado Marcelino Rouco. Como ya no está vivo, su historia me la contó una nieta y también una hija desde Argentina.

Marcelino nació en Ourol, en la provincia de Lugo el 2 de junio de 1908. Hijo de Antonio Rouco y María Concepción Montero (quienes serían mis tatarabuelos). Fue el tercero de siete hermanos, dos hermanas mayores que él, llamadas Dolores y Flora, dos más pequeñas, María y Mercedes; y dos varones también menores que él, que eran José (mi bisabuelo) y Antonio.

Se crió en la fraga, un caserío rural con modestas y antiguas casas, cada una con su cuadra donde se guardaban los animales. Durante su infancia ayudaba a su familia con las tareas del campo y asistía a la casa de un maestro particular que le enseñaba lo necesario para saber defenderse en la vida.

A medida que fue creciendo, nació en él el deseo de emigrar, pues aunque su familia tenía buenas tierras para el cultivo y la crianza de animales, él pensaba que eso no llegaría para todos. La amenaza de la temida guerra con África y los relatos de los paisanos que venían de “hacer las Américas” acabaron por decidirlo. Fue un momento muy duro, dejar a su familia, a su tierra natal… Pero la idea de ir trabajar y luego volver con un pequeño capital amortiguaron ese dolor. Su idea era volver.

Cuba fue su primer destino. Su padre, Antonio, lo acompañó hasta el puerto de A Coruña, era el año 1926 y ese puerto no tenía aguas profundas; los barcos ancoraban lejos de la costa, había que ir hasta ellos en lanchas. Fue su padre también quien lo acompañó hasta el barco. Durante toda su vida, Marcelino recordaría esta vivencia: él sólo, en la cubierta y su padre volviendo a la costa saludándolo con sus brazos en alto hasta que lo perdió de vista.

En el Spanish, buque de origen inglesa, lloró toda su angustia, la tristeza era inevitable ante el gran paso que estaba dando. Después de 15 días llegó al puerto de la Habana, allí se conectó con el Centro Gallego y consiguió su primer trabajo, en una panadería llamada “El león de oro”; conocía un poco el oficio, ya que en su casa materna ayudaba a hacer el pan. Allí se fue especializando en los dulces. Su estancia en la Habana fue muy agradable, ya que además de trabajar duro, hizo buenos amigos y el tiempo fue atenuando su morriña.

Pensaba en ir a otro país, y empezó a leer prospectos que promovían a Venezuela, Colombia, y otros países latinoamericanos. Pero fue una carta de su cuñado Vicente García, que con sus hermanos fundara una casa de Ramos Generales en un pequeño pueblo de la Pampa Argentina, la que le ayudó a decantarse por este país.

Así fue, después de 2 años en Cuba, salió de este país rumbo a la Pampa. Para eso decidió atravesar el Canal de Panamá, obra que lo impresionó, y desembarcó en el puerto de Valparaíso. El resto del viaje lo hizo en tren. A medida que se acercaba a su destino, el paisaje que se presentaba ante sus ojos era totalmente desconcertante para él: un horizonte desolador, tierras sin trabajar, y un fuerte viento que no paraba de soplar. Pero tenía que seguir, Colonia Barón y sus promesas de prosperidad lo estaban esperando.

Es en Colonia Barón donde empieza a trabajar en “Casa García” propiedad de los hermanos García; algunos de ellos ya volvieran a Galicia pero aún quedaban dos: María y José. Allí hacía de todo, eran tiempos muy difíciles pero había mucho por hacer. Conoce a mucha gente; inmigrantes españoles, italianos, alemanes, ingleses… Asiste a un colegio nocturno para aprender matemáticas y también observa el arte de negociar de sus patronos.

En el año 1940 los hermanos García deciden vender su comercio, es el momento en el que Marcelino junto a dos compañeros de trabajo deciden comprar las acciones de sus patronos. Nace así la firma, García Gómez y Rouco en un primero de agosto. El primero de los socios es soriano y los otros dos, gallegos. Los tres esperan un gran futuro.

Realmente nada era fácil, pero le dedicaban mucho esfuerzo, afán y lágrimas. Sus mujeres dieran a luz allí, y nacieron sus hijos acriollados y deseosos de continuar con la búsqueda de la “América” tal como cuentan hoy.

El 6 de septiembre de 1942, Marcelino se casa con Cleia Margarita Rosa, hija de inmigrantes italianos, compañera inseparable hasta el último momento de su vida. Fruto de ese matrimonio son sus dos hijos: Ana María (quien me ayudó a hacer el trabajo desde Argentina) y Ángel Antonio.

Después de mucho tiempo deseando volver a Galicia, en 1950 llega el sueño tan anhelado. Marcelino vuelve a Galicia con su famila, después de 24 años. Las cosas cambiaran, y mucho. Seres queridos que ya no estaban, pero nuevos familiares por conocer. Sus hermanos se casaran y de esas uniones nacieran hijos, sobrinos de Marcelino (entre los que estaba mi abuela).

Después de 8 meses de vacaciones, vuelven a Argentina. Marcelino lograra uno de sus objetivos: que su familia argentina conociese y quisiese como suya a su gran familia gallega. A partir de ese momento los viajes a Galicia fueron más frecuentes. Y esos lazos se consolidaron hasta hoy en día, ya que su nieta, quien se estableció en España, y mi madre son como hermanas.

De nuevo en la Pampa, van surgiendo sucursales en el norte de la provincia, operan con cereales, lanas y hacienda, además también se incorporan nuevos socios que incrementan esta onda expansiva. En 1957 abre sus puertas la casa García, Gómez Rouco y Cía en Santa Rosa, capital de la provincia de la Pampa. La firma crecía y la operativa contaba con numeroso personal en las distintas tareas. Su desarrollo alcanza entornos realmente importantes y; allí estaba Marcelino, presidiendo todo y trabajando sin cesar hasta los últimos años de su vida; no sólo en su gran empresa, sino también en obras de caridad. Él y sus socios crearon un gran capital con su empresa. Junto con otro grupo de españoles, funda y preside el Club Español de Santa Rosa.

Marcelino tuvo una larga y bonita vida llena de éxitos, pero también de fracasos, pues en el final de su vida vio como la “tierra prometida” iba cambiando. La corrupción llegó a estas tierras y con ella la inestabilidad, el desempleo y la inseguridad.

A los 97 años de edad muere Marcelino, un 3 de enero del año 2006 en Argentina. Todos sus nietos emigran a España en el año 2002, y todos sus bisnietos son españoles, ya que nacieron todos en España.

Marcelino en 1980
Mis bisabuelos Manuela y José en 1947
Visita aérea de la Fraga
Foto del buque Spanish en 1928
Exterior del centro comercial García Gómez y Rouco
Marcelino, su mujer y sus hijos
En Verde, provincia de la Pampa, donde vivió Marcelino
Mi madre y yo
Mi hermano y yo, Caterina y Agustín, bisnietos de Marcelino Rouco